22 de octubre de 2011
Por Carmen Graciela Díaz / Especial El Nuevo Día

El arquitecto de la comunidad Edwin R. Quiles reflexiona sobre la obra que se vuelca en la belleza de la participación ciudadana

Hace un año que el arquitecto y planificador Edwin R. Quiles Rodríguez no visitaba la comunidad Villas de Trujillo (antes llamada La Nueva Trujillo) del barrio Juan Domingo en Guaynabo. Uno de sus amados proyectos que carga su firma y personalidad en su diseño de picos y los alegres colores de sus casas.
Caminando con las manos en los bolsillos, observándolo todo a su alrededor, Quiles no podía evitar curiosear por las calles de ese espacio residencial.

Entre el verde, amarillo, azul, rojo y naranja que animaban una tarde que comenzó gris, este arquitecto compara la experiencia de recorrer las calles de Villas de Trujillo con el padre que desea saber cómo andan sus hijos después de un tiempo sin verse.

“Uno quiere saber cómo los tratan, cómo ellos se portan con los residentes, cómo han madurado”, ilustra con notable cariño, mientras fija su mirada en la obra que representa el diseño de edificios al que se ha abocado durante su trayectoria: la arquitectura comunitaria.

Los años y la experiencia que ha traído consigo su carrera le han demostrado a Quiles que la arquitectura no es meramente la manifestación de la belleza y la funcionalidad. Que si bien los considera elementos importantes, este arquitecto entiende que un diseño debe predicarse en torno a su gente “porque no es una escultura, sino un espacio que las personas viven”.

Esa conciencia por la conjunción arquitectura-comunidad nació en Quiles desde bastante temprano en su formación. “Como todo joven que estudia arquitectura, asociaba la arquitectura con algo monumental, con las grandes obras”, relata como quien recuerda con ternura algo muy distante del presente.

“Pero tuve la suerte que en mi primer año de arquitectura, me fui a trabajar con los Cuerpos de Paz de Puerto Rico (organización conocida como VESPRA). Y me tocó vivir en el arrabal Tokio en el Caño Martín Peña... y ahí todo ese concepto se fue con el caño y salió una visión más ligada a la gente, a sus necesidades, vidas, anhelos y sueños”, explica quien ante tal coyuntura, durante el 1967, comprendió que las personas de escasos recursos no tenían acceso a arquitectos.

Fue de esa manera que su vocación por darle vida a una arquitectura que atendiera a ese grupo social se le presentó como una urgente necesidad que se debía poner en práctica cuanto antes.

El pulso comunitario

Quiles asegura que el interés por la disciplina de la arquitectura no se presentó como “un proceso de alumbramiento”. Menciona que desde niño sentía la necesidad de ligarse a la ingeniería y la construcción. Pero su madre le notó el aire artístico que lo energizaba entre su fijación por la música, el dibujo y la escritura. Fue ella quien le sugirió que optara por la arquitectura. No se equivocó.

De modo que todos esos intereses confluyeron en su sensibilidad por hacer otro tipo de arquitectura que promoviera a toda costa las voces de sus habitantes.

No extraña que para Quiles, la arquitectura comunitaria “busque consolidar y apoyar propuestas e inquietudes comunitarias” y que, a su vez, se conforme “a partir de la relación arquitecto-humanista-comunidad”.

De hecho, para quien fuera Catedrático de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico en el Recinto de Río Piedras, de 1973 al 2005, la arquitectura pretende gravitar en torno a lo que las mismas comunidades hacen desde otras perspectivas.

“Se trata de usar el espacio como una manera de reconocer procesos sociales y políticos”, reflexiona.

voz del cambio social

Durante la entrevista, al filo de las 3:30 de la tarde, poco a poco los vecinos llegaban a sus casas. Y más de uno saltó de alegría al ver a este constructor de eterna sonrisa.

“Ese hombre nos ayudó... Gracias a él tenemos unas casas preciosas. Es un ser humano excelente, maravilloso. Le damos tantas, tantas gracias; primero a Dios y luego a él por hacernos un diseño tan especial”, expresa la residente de Villas de Trujillo, Olga Rodríguez, sujetando un álbum que muestra cómo lucía su comunidad previo al rediseño de Quiles que inició en el 2005.

Al contarle sobre las palabras que una de las residentes le dedicó, Quiles reaccionó con satisfacción: “Para mí, eso es lo más chévere de todo esto. Significa que alguien está contento porque estás aquí”.

El arquitecto revela que su misión como humanista y artista consiste en crear edificios dignos de la gente que los habitará. Ese, asegura es, “el mejor premio que puedo tener ”.

Según Quiles, el diseño de esta comunidad fue la secuela de un proceso participativo con sus residentes y un intercambio constante que procuraba el derecho de estos vecinos. “Creo que es importante para un arquitecto que cree en el cambio social y en que las cosas pueden y deben ser mejor, que use sus instrumentos para traer ese cambio”, precisa quien expone con convicción que la arquitectura es “un instrumento de educación y, en un sentido, de liberación”.

La arquitectura comunitaria es entonces el corazón de una labor que no desea perder vitalidad.

Entre sus proyectos actuales, habla orgulloso sobre el diseño de una escuela elemental en el pueblo de Léogane, donde fue el epicentro del terremoto en Haití en enero de 2010. Según Quiles, el proyecto que le solicitó el Comité de Solidaridad con Haití hace alarde de la arquitectura vernácula haitiana para ser fiel a su contexto.

Una construcción, pautada para concluir esta semana, que no solo se alimentó del trabajo de brigadistas e ingenieros puertorriqueños sino que empleó a once jóvenes haitianos para distintas fases de la edificación.

Así las cosas, entre sus escritos de siempre (como dos libros en proceso; uno sobre los arrabales de San Juan en el siglo 20 y otro que se ancla en las propuestas de cambio generadas por las comunidades “que no se conocen pero a pequeña escala, repiensan el País”) y su incansable conciencia por los espacios que viven los seres humanos, Quiles respira por la arquitectura que se entrega a ofrecer espacios más “amables y habitables” para que la gente sienta que pertenece a ese lugar.

“La arquitectura es el arte de crear espacios, es magia: donde antes no había nada, de pronto hay algo”, finaliza sobre el acto que, para este caballero, no se trata solamente de “sacar el conejo del sombrero” sino de compartir y tomar en cuenta a otros a lo largo y después del proceso.

http://www.elnuevodia.com/elarquitectodelacomunidad-1098731.html




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