Edwin R. Quiles Rodríguez

Pensar la ciudad posible y necesaria desde la crisis requiere una mezcla de análisis crítico e imaginación, unida a una mirada comprometida con las acciones colectivas, es decir, estar con un pié en la avenida y perderse con el otro en los callejones y procesos de la ciudad interior. Requiere estar en una actitud de diálogo continuo con las miradas alternativas y los proyectos de cambio, trabajar con respeto a la diversidad, la dignidad, al ambiente natural y edificado y actuar de manera creativa. Nos toca a los que viviendo, creando, pensando o apropiando lugares hacemos ciudad, poner el oído en tierra, estar atentos a los proyectos que surgen y cuajan desde la ciudadanía y que aunque todavía están a nivel individual y local, tienen la capacidad de repercutir en el desarrollo de proyectos a escala nacional  e inclusive planetaria. Solo así  podremos acompañar solidaria y profesionalmente a esta masa creadora que aspira a una ciudad más digna, vivible, accesible y participativa. La propuesta y el diseño, cuando surgen como parte de un proceso participativo, desde los espacios comunitarios, son herramientas de poder en la medida que propician y facilitan la inserción de los desaventajados en los espacios donde se toman decisiones y permiten a los subalternos tomar y poner en práctica sus propias decisiones e ideas y, ¿por qué no decirlo?, sus propios sueños.
Necesitamos un urbanismo de mirada amplia para proveer las redes y la infraestructura que permitan el desarrollo local. Capaz de consolidar la estructura ambiental macro y a la vez capaz de consolidar el desarrollo de estructuras comunitarias. Todo lo anterior enmarcado dentro de un concepto de sustentabilidad, que pueda dar respuestas a otros problemas urgentes, como la crisis energética y la decadencia de los centros urbanos, mientras cumple con las necesidades básicas de la ciudadanía y las necesidades de crecimiento y desarrollo del país.                                           

La responsabilidad principal del urbanismo, según el catalán Jordi Borja, es producir espacio público, “…espacio funcional polivalente que conecte los lugares, que ordene las relaciones entre éstos, que proporcione continuidades y referencias, hitos urbanos y entornos protectores, cuya fuerza significante trascienda sus funciones aparentes”[i]. Al hacerlo desempeña una función eminentemente organizativa y política. Puede servir para facilitar o para dificultar la vida cotidiana. Puede actuar para sepultar las contradicciones y conflictos, acallar las formas disidentes de apropiar el espacio de la ciudad y los estilos de vida divergentes, o ser herramienta para que, los que pocas veces o nunca son considerados en los procesos decisionales, sean genuinamente tomados en cuenta; para que sus espacios reflejen sus culturas y modos de vida. Puede servir para controlar y dominar las poblaciones subalternas o actuar como detonador de procesos de cambio. Esta última, una práctica del urbanismo que llamo insurgente, asume una posición crítica ante el predominio de los intereses de unos pocos  sobre los de la mayoría y las maneras en que limitan el derecho de los primeros a la ciudad. El urbanismo insurgente apoya las luchas de los grupos subalternos por defender sus comunidades y su acceso al espacio urbano. Crea escenarios alternativos de intervención a partir del trabajo con los grupos comunitarios y de una redefinición de la práctica convencional por ser impositiva, elitista y poco democrática.

No puede caber duda que la crisis económica, social, política, ambiental y ética que nos habita y habitamos tiene un impacto importante, se intensifica, en el espacio de la ciudad. Es así por la aglomeración de gentes, lugares y procesos, y la complejidad de relaciones que esta supone. Ejemplos de cómo la crisis se manifiesta en la ciudad lo constituyen el cierre de urbanizaciones y la proliferación de espacios vigilados; el miedo colectivo a habitar los lugares públicos; la exclusión y la violencia institucional hacia los que se aventuran a utilizar la ciudad de maneras distintas; la represión brutal de la protesta en los espacios públicos; la abundancia de no-lugares, ‘espacios de nadie’, sin identidad, imposibles de ser apropiados por ningún grupo social; la creciente reducción de  lugares de producción y trabajo y el aumento de espacios comerciales; la ocupación de lugares públicos por personas sin hogar para crear albergues improvisados; la privatización del espacio público; la mercantilización del espacio privado; el excedente de viviendas de alto costo y la imposibilidad de los grupos de bajos ingresos  de satisfacer  su necesidad de albergue ; la no sustentabilidad de los modelos de urbanización y desarrollo de las áreas con sensibilidad ecológica; el desalojo de comunidades para dar paso a proyectos de construcción especulativa para consumidores exclusivos;  la inoperatividad de la infraestructura física y la ineficacia de la infraestructura social y los servicios públicos; el subempleo y la venta informal; el deterioro de los edificios y sus entornos y la ineficacia de las políticas institucionales para palear la crisis; la pérdida de terrenos agrícolas para usos urbanos y la consecuente dependencia en productos importados; la pérdida de población y la abismal desigualdad social. El capital irrumpe cada vez más sobre los territorios ocupados por las comunidades y define los patrones de crecimiento de la ciudad, los usos aceptados, los usuarios a ser permitidos y sus conductas.

En la actualidad muchas de las certezas y seguridades ciudadanas están bajo cuestionamiento, o simplemente se han perdido. Estamos siendo invadidos por muchos cambios impuestos y repentinos en frentes distintos, para los cuales no siempre la ciudadanía tiene una respuesta o alternativa inmediata, ni la capacidad organizativa para combatirlos. No se vislumbra luz alguna al fin del túnel dentro el estado actual de las cosas, caracterizado por la pérdida creciente del poder ciudadano y la concentración del mismo en el aparato político. Para poner ligeramente en contexto, cabe señalar, en lo que respecta a lo económico, que nuestro país ha estado en contracción por los últimos 54 meses[ii].  Entre marzo de 2006 y agosto de 2010 se perdieron 214,000 empleos. De éstos, cerca de 60,000 fueron en la manufactura. En ese mismo periodo el producto bruto nacional se disminuyó en 10.9%. Las quiebras personales aumentaron en 10% entre el año 2009 y 2010. Mientras, la deuda total acumulada por individuos aumentó en 8%[iii]. Nuestra economía no está basada en la producción sino que depende de las transferencias gubernamentales, el endeudamiento público y en el enorme sector informal. Todos los estudios independientes revelan que la crisis económica es todavía mucho más profunda que lo que podemos vislumbrar y corroboran la inefectividad de las políticas gubernamentales.

Ante la creciente pérdida de control sobre el entorno socio espacial surgen grupos que discuten y proponen formas distintas de usar, mirar, proyectar, debatir, construir y habitar la ciudad. Defienden el derecho a mantener sus comunidades ancestrales, al uso del espacio público de las maneras que entienden necesarias y aceptables, a satisfacer sus necesidades reales según ellos las definen y a participar en la toma de decisiones. En el entre juego de protesta con propuesta inventan maneras innovadoras de comunicación y participación que deben ser estudiadas a fondo.  Utilizan, entre otros, el performance, la música, la gráfica y los campamentos de lona para crear y defender espacios físicos de lucha. ¿De qué otras maneras se manifiestan estas corrientes contestatarias y alternativas? ¿Cómo reformulan la experiencia de hacer y vivir lo urbano?

La calle es el escenario de lucha más importante que tenemos en este momento. Apropiarlo como espacio político, como espacio de afirmación, es en sí un acto de resistencia. Allí se tornan visibles las protestas, las propuestas, las visiones alternativas y  se confronta el orden establecido. Según Sassenes en la calle  donde “…aquellos que carecen de poder, aquellos que son desaventajados, marginales, discriminados y minoritarios, pueden ganar presencia en las ciudades globales…” Estas prácticas hacen posible, añade, “… la formación de nuevos tipos de sujetos políticos que no necesitan para ello ingresar al sistema político formal”[iv]. La apropiación del espacio público es fundamental porque legitima y hace evidente la confrontación y la diferencia. Transforma los espacios de una manera, que si bien efímera, ejercen una influencia necesaria en la construcción de identidades colectivas y en la consolidación de las fuerzas políticas de cambio. Las manifestaciones, marchas y el performance callejero, confrontan no solo a la autoridad, sino a los mismos participantes, con mensajes alternativos, análisis y propuestas. Son una manera de utilizar el espacio público como escenario, como pantalla y telón, de apropiarlo para convertirlo en espacio de convergencia y promover cambios que reformulen el poder.

Las políticas de reclamo callejero no excluyen, más bien apoyan y complementan otras estrategias de negociación y afirmación colectiva en defensa de nuestros derechos. Las comunidades amenazadas por el desalojo, los universitarios, los grupos alternativos, los desaventajados, los de mirada crítica, buscan, además de denunciar, la oportunidad de negociar, de presentar sus propuestas. En el caso de las comunidades bajo amenaza, preparan contrapuestas que  garanticen su permanencia, armonizando las necesidades de desarrollo de la ciudad con las de la sus comunidades,bajo un concepto donde tiene cabida el desarrollo de nuevas construcciones junto a la conservación y revitalización de los elementos que dan identidad y facilitan la vida en la comunidad. Ven en esto una manera de integrarse a la ciudad dentro de términos que puedan ser aceptables por todos. En este caso el diseño urbano, al ser instrumento de negociación, amplifica como altoparlante metafórico el alcance de la voz ciudadana.

Entre las propuestas insurgentes encontramos proyectos que cuestionan el modelo de desarrollo económico y proponen hacerlo más equitativo y solidario. Este es el caso de proyectos de trueque y comercio justo como La Chiwinha, los mercados agrícolas en lugares urbanos y las cooperativas de diverso tipo, entre ellas las de producción y consumo. Otros, como la Secundaria Montessori de Puerto Rico, trabajan con conceptos de educación liberadora que preparen a los jóvenes para ser ciudadanos proactivos, comprometidos y capaces de conocer y mejorar su mundo, mientras Casa Pueblo y la Coalición Pro-Corredor Ecológico del Noreste, entre muchos otros, trabajan y concientizan sobre la defensa del ambiente y la necesidad de un desarrollo sustentable. Por todo el país florecen proyectos de agricultura orgánica de bajo impacto, muchos de ellos iniciados por jóvenes en áreas rurales así como en barrios urbanos. En otros ambientes, proyectos como Crearte, estimulan a los jóvenes y niños a usar su capacidad creativa para interrogar, repensar y recrear su entorno. Esa misma intención de interrogar y confrontar la realidad mueve además a muchos otros grupos de teatro y performance callejero. Entre ellos el grupo ‘Papel Machete’, ‘Jóvenes del 98’ y ‘Agua, Sol y Sereno’.  Vemos también cómo grupos ciudadanos transforman lugares de desarraigo en proyectos para desarrollar espacios de convergencia en lugares como Cantera y las comunidades del Caño de Martín Peña, además de otras como La Perla. Por su parte,  los jóvenes del barrio Capetillo, ocuparon un solar baldío para crear un huerto y un espacio comunitario y evitar así la erosión de su territorio, sustituyendo de esa manera la imagen de decadencia por una de renovación para enfrentar el control desde afuera, el urbanismo impuesto, con  el desarrollo de espacios comunitarios.

En esa tarea necesaria de preservar y fortalecer la memoria y la identidad individual y colectiva, una diversidad de grupos laboran para el rescate de lugares y estructuras cuyo estudio y conservación permiten reescribir su historia a partir del protagonismo de otros sujetos históricos. Caben mencionarse entre muchos otros, a los grupos ciudadanos que han logrado preservar lugares marcados por eventos importantes de su historia, tales como la masacre de Ponce, almacenes de tabaco en Comerío y Cayey, una antigua escuela en Jayuya, la antigua estación de correos de Guánica, la Hacienda El Molino en Toa Alta, los trazos de caminos reales en Guavate y la casa Delfilló, relacionada a la familia Casals, en Mayagüez, entre otros.

El rescate del espacio público como lugar de todos y todas ha sustentado varias iniciativas importantes. Entre ellas menciono el proyecto ‘Desayuno Calle’, un convite para compartir alimento y conversación en espacios públicos inusitados y el proyecto de ciclismo ‘La Masa’ cuyo objetivo primordial fue rescatar el derecho a habitar la ciudad de noche, o, puesto de otra manera, rescatar la noche como lugar. Otros procesos, como la huelga de los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico y el Foro Social de Puerto Rico muestran otras formas de hacer política más participativas y democráticas, que como hemos visto tienen claras consecuencias en las maneras como apropiamos y utilizamos la ciudad y creamos espacios de convergencia.

Sin pretender ser exhaustivo no quiero dejar de mencionar otros grupos ciudadanos que construyen espacios de autonomía comunitaria mientras preparan sus propias propuestas y contrapropuestas a  tono con sus intereses y necesidades. Son iniciativas que lejos de esperar por la acción por parte de la autoridad, toman en sus manos la solución de sus problemas. Muchas veces, como ocurrió con los padres franciscanos de la  comunidad Sabana Seca de Toa Baja y el grupo Tacuafán de Barrio Obrero,  la propuesta en papel y modelos es seguida por la generación de fondos para la ejecución de centros educativos y culturales. En otras ocasiones, en reacción a la imposición de proyectos nocivos o ajenos han preparado contrapropuestas o propuestas alternativas que los tomen en cuenta como sujetos y no como meros objetos. Se destacan en este tipo de acción colectiva  grupos ciudadanos como el Consejo Vecinal de Río Piedras y las comunidades Mainé y Los Filtros de Guaynabo, Barriada Morales de Caguas, Villa Caridad de Carolina y Villa del Sol en Toa Baja. En la elaboración  de estos proyectos de cambio los grupos comunitarios han contado en numerosas ocasiones con la asesoría de profesionales solidarios y del Taller de Diseño Comunitario de la Escuela de Arquitectura.

Estamos, como ha señalado Rafael Correa, presidente de Ecuador, “no en una era de cambio sino en un cambio de era”.  Necesitamos, con urgencia, crear nuevos espacios y nuevas metáforas para representar las imágenes de esos nuevos procesos y proyectos, para hacer posible la construcción de esa nueva ciudad que estamos creando desde la base. Una ciudad que no solo facilite la inserción de propuestas alternativas sino que sirva para representar simbólicamente los procesos y los proyectos de cambio. El espacio ni es neutral ni meramente un contenedor funcional, es también un medio de expresión a través de los cuales se construyen símbolos. Puede apoyar la consolidación de relaciones jerárquicas de dominación y explotación o reforzar la construcción de instituciones democráticas y junto a esto, no puede ser de otra manera, el desarrollo de procesos de descolonización, donde reine el respeto a la diversidad y el derecho a la felicidad.

La ciudad que aspiramos, plena de oportunidades para la convergencia, la reciprocidad, el buen vivir, el buen gobierno, el desarrollo económico y humano justo, la vivienda accesible, la espiritualidad inclusiva, el desarrollo de comunidades y el  respeto hacia la diversidad, es una tarea colectiva y de largo plazo. Eso lo saben muy bien los grupos comunitarios como los del barrio de la calle Antonsanti en Santurce, quienes a pesar de no haber prevalecido en su lucha contra el desalojo, marcaron la ciudad con signos que aunque portátiles y efímeros dejaron huellas indelebles en la memoria colectiva sobre la posibilidad de confrontar la imposición con ideas, con actos creativos de desobediencia.

¿Cómo se involucran los urbanistas en estos procesos? Como profesionales solidarios acompañando y asesorando la protesta y la propuesta desde la óptica urbana e integradora, colaborando en la preparación de propuestas a partir de las necesidades particulares y la cultura del espacio local, en la preparación de contrapropuestas de diseño cuando los  proyectos son impuestos y no benefician a la ciudadanía, desarrollando procesos de diseño inclusivos que permitan a la ciudadanía tomar parte de las decisiones, diseñando lugares que puedan ser apropiados y  utilizados de maneras múltiples y por supuesto, para hacer posible la participación, creando oportunidades para capacitar a la ciudadanía con lenguajes y herramientas que amplíen sus conocimientos sobre los procesos a través de los cuales las ciudades se desarrollan y se gestan.

Termino con otra cita del geógrafo Jordi Borja: “… debe asumirse que el espacio público es un espacio político, de formación y expresión de voluntades colectivas. Es espacio de la representación pero también del conflicto”[v].

El urbanismo insurgente debe ser participativo y democrático. Debe estar atento e involucrarse en  las luchas callejeras así como también en los procesos cotidianos. Su práctica supone apropiarse de, y, más aún contribuir a,  la construcción de los discursos y prácticas políticas transformativas. Debe buscar, además, dar visibilidad a los movimientos contestatarios y reivindicativos. 

No puede haber revolución si no liberamos las ciudades del poder unívoco y controlador, si no construimos espacios que faciliten y conspiren para instituir la insurgencia como forma de vida.



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