Conferencia Magistral de Inauguración                     
Conferencia Latinoamericana de Estudiantes de Arquitectura      
La Habana, Cuba
12 de octubre de 1999


Hace varios años la municipalidad de SJ me solicitó el diseño de una cancha de baloncesto para una esquina del barrio Melilla, un asentamiento popular. El proyecto parecía simple, cuestión de buscar los estándares y las medidas correctas, dibujar y construir. Pero, cuando de gente se trata las cosas nunca son tan sencillas como parecen a simple vista. Hay siempre otras dimensiones. ¿Para quienes era el proyecto?  ¿Donde estaba la gente de este barrio? ¿Qué papel desempeñaban en este proyecto? O, puesto de otra manera, ¿cual era el lugar de este espacio baldío en el imaginario de la comunidad, en su cotianidad? Y basado en lo anterior, ¿qué debía ser este proyecto para ellos?  Plano en mano me dirigí al barrio: una comunidad de gentes que por 50 años habían construido y habitado el sitio. Melilla fue construido por ellos mismos: migrantes de la ruralía que al llegar a la capital no tuvieron otra alternativa que ocupar los terrenos del tremedal a lo largo de un canal que cruza la ciudad y que se llama Martín Peña. Y, si bien todas las comunidades tienen su historia, esta fue para mi extraordinariamente interesante. Llegaban como ladrón en la noche con tablas desvencijadas, cartones y todo material rescatado de algún vertedero urbano, y con la misma madera del manglar hacían los postes que hundían en la marisma para levantar su casita como palafitos de la urbe industrial. Con el tiempo y con la fuerza del que no tiene más alternativas los terrenos se fueron estabilizando, las casas mejoraron y el barrio consolidó una comunidad.
Después vino la renovación urbana. En aras de modernizar la ciudad se arrancaron las partes que no conformaban a los cánones de orden y control. Se eliminaron los grandes arrabales sustituyéndolos por avenidas anchas, edificios comerciales e institucionales, símbolos del nuevo orden, o simplemente se dejaron los terrenos baldíos, libres de la confrontación que representaban los pobres. Los que pudieron permanecer se arraigaron al lugar afianzando su sentido de identidad y pertenencia a la comunidad. Consolidaron su apropiación territorial sus redes de intercambio y solidaridad.

¿Donde cabe esto en el diseño de una cancha de basket?

Ya en el solar, en la esquina de las calles San Rafael y Carrión Maduro me tropecé con  Pito, marino mercante; Elsa, madre de tres hijos; Dominga, encargada de limpieza en la escuela del barrio; Tito músico; Luis, trabajador en lo que aparezca y comúnmente desempleado y Carmín, ama de casa. Cucho un poco distante observaba de manera circunspecta. Esa tarde y como otras que siguieron mientras compartimos nuestras historias, el lugar y su razón de ser para la gente del barrio comenzó a cobrar su dimensión justa. Lo que parecía un solar yermo, con alguna maleza y escombros de alguna casa venida a menos, era en realidad un espacio de usos múltiples compartido por una población diversa. Bajo la sombra de un quenepo (mamoncillo), sentados en cuatro cajones que una vez fueron el empaque de bacalao importado de la Nueva Escocia, y sobre un pedazo de tabla que apoyaban sobre las rodillas, algunos jugaban dominó. Sobre esos mismos cajones y un asiento de algún auto ya descartado (honrando la tradición obligada de eterno reciclaje) percusionistas de la vecindad hacían su toque de rumba o como dirían allí su bembé. De pronto, como una validación de su apropiación y celebración del lugar, llegaron algunas viandas, pedazos de carne de res, maíz y  un caldero con agua. Rápidamente y sobre un fogón improvisado comenzamos a cocinar un sancocho criollo, nuestro cocido nacional, el ajiaco. En esa rápida sucesión de eventos el lugar mostró sus caras, o, como diría Christian Norberg Schulz su genius ‘loci’ o espíritu del lugar.

Pero, todavía quedaba el problema de la cancha. ¿Cómo diseñar una cancha en lo que parecía ser el centro gravitacional de la comunidad? ¿Hacía falta? Era evidente que la experiencia del lugar no concordaba con el problema de diseño. La lectura ‘oficial’ no concordaba con la de los residentes y usuarios del espacio. ¿Por qué una cancha y no una plaza? Si bien ambos son espacios públicos, la cancha, por su naturaleza de espacio deportivo segrega, mientras que la plaza es un espacio polivalente que integra, une e incorpora distintas poblaciones. Para la municipalidad el lugar como estaba era un espacio tenebroso y desgarbado lleno de basura (los bancos de tabla) en donde se expresaban conductas desenfrenadas que escapan el control de las autoridades. Desde la perspectiva de la oficialidad el solar era un espacio perdido ocupado por transgresores. La cancha era una forma de ‘sanear’ el lugar según criterios tecnócraticos, cambiar los contenidos y establecer una nueva carga simbólica que neutralizara la ya adquirida. Era una forma de imponer usos, o desusos que permitiesen controlar las expresiones de los subalternos y borrar la memoria del lugar. El proyecto perdió toda la inocencia e ingenuidad que se le pretendió dar. !Como si la arquitectura y el urbanismo fueran prácticas inocentes!No es ingenuo el estado que en su intención de controlar intenta borrar la memoria del lugar, ni el diseñador, que puede escoger entre la complicidad o aliarse con la gente y apoyar sus expresiones de la cotidianidad y sus procesos de convertirla en arquitectura. Cada práctica responde a una visión de comunidad, ciudad y sociedad. Para la municipalidad el proyecto se definía como un producto, un objeto espacial que resolviera una necesidad de espacio de ocio que fuera controlable. De ahí el manejo de la forma para manipular las expresiones culturales,  de ahí la idea de una explanada vacía.   

Era evidente que la cancha no venía a resolver un problema de la comunidad sino de la municipalidad. Hubiese sido erróneo definir el problema solamente en términos de espacialidad. De haber hecho esto hubiéramos diseñado la cancha de básquet. Era necesario conocer el entorno social del que el espacio era parte. Solo así pudimos conocer el problema y sus bemoles. Al redefinir el proyecto la explanada se convirtió en un espacio plurifuncional y plurisignificativo, capaz de ser apropiado por los usuarios y capaz de transformarse en el proceso de usarse. Reconocimos que existía la necesidad por un espacio que siendo único y comunitario proveyera lugares adecuados para toda la población. Un lugar para los niños jugar, un lugar para la rumba y la expresión cadenciosa de los cuerpos en fuga sensual, bancos y mesas para la conversación casual, ‘pasar el tiempo’ y el juego de dominó y ¿por qué no? un canasto de básquet. La placita, que fue construida, es un lugar diverso hecho de espacios interconectados, un lugar de paso y punto de encuentro: un espacio que respeta la diversidad sin dejar de ser comunitario. Un espacio fluido, capaz de permitir distintas actuaciones y capaz de adecuarse a las necesidades cambiantes de la comunidad.

Esta experiencia me sirve para proponer una definición de arquitectura participativa: es la que se proyecta con la gente, reconoce las distintas voces del calidoscopio social y apoya sus expresiones en el espacio. Es una arquitectura plena de significados, capaz de relacionarse con los seres humanos y dar expresión a sus modos de actuación y estilos de vida. Una arquitectura que facilita su apropiación. La arquitectura participativa expresa las diferencias, la diversidad cultural. De ahí deriva la fuerza de su riqueza expresiva.

Para los subalternos y marginados, los que se asume no tienen historias que contar ni vidas más allá de las estadísticas y los estereotipos y para quienes el acceso al espacio es limitado, la posibilidad de crear y apropiarse sus propios territorios es un asunto fundamental.

La arquitectura participativa se genera de la experiencia (crítica) del lugar y las relaciones (múltiples) que el diseñador y la gente establecen dentro del medio a intervenir. Arquitectura participativa es una arquitectura de procesos, dinámica, cambiante y adaptable según las posibilidades y necesidades de la gente, su razón de ser. El énfasis en el proceso es, a mi entender, otro asunto fundamental. Al involucrar a los usuarios en el proceso de diseño, construcción y manejo, la arquitectura participativa busca darle a éstos la oportunidad de tomar control sobre su entorno para profundizar su apropiación y el desarrollo de identidades asociadas al lugar. Y esto, según el geógrafo norteamericano David Harvey es fundamental para ejercer poder en y sobre la vida cotidiana. Una arquitectura que se genere como un proceso es una experiencia educativa, a través de la cual tanto los usuarios como los diseñadores, al compartir sus conocimientos sobre el lugar y el conocimiento profesional, toman conciencia sobre un entorno y adquieren la capacidad para actuar sobre éste y transformarlo. Como tal es dialéctica. Se desarrolla en ambas direcciones. Esto implica, como advierte el educador brasileño Paulo Freire, validar los saberes, tanto el erudito como el popular, la experiencia, la práctica social y su expresión ambiental. Implica el respeto al saber del “otro”, a su contexto cultural y al sentido de comunidad que está atado a su localidad.

¿Cómo se trabaja una arquitectura participativa? ¿Qué estrategias utilizamos? ¿Cómo involucrar a los usuarios en el proceso de hacerla?

Si bien toda arquitectura es participativa porque su razón de ser es proveer ambientes para los seres humanos, lo es más cuando te permite relacionarte, sentirte parte del lugar, cuando estimula una plenitud de significados. Esto último es más posible cuando los usuarios se convierten en hacedores, en protagonistas, dejando de ser meros espectadores. A diferencia de cuando diseñas para un cliente único que puedes identificar, cuando el usuario es un grupo variado, que a veces ni siquiera conoces, ¿cómo te aseguras que los tomas en cuenta? ¿Cómo te aseguras que el proyecto es capaz de ser habitado y apropiado?

Algunos arquitectos resuelven este dilema trabajando la arquitectura como un sistema abierto, como un espacio incompleto, en proceso, que es acabado por los propios usuarios. El trabajo del propio Kroll, de John Habraken (holandés) ambos en Europa y el de Jan Wampler (norteamericano) en Puerto Rico propone la construcción de un armazón o infraestructura (pisos, paredes, núcleos de servicio y techo) permitiendo a los usuarios la oportunidad de desarrollar su propia vivienda, incluyendo las fachadas. Cada unidad es entonces diseñada y construida, dentro de los parámetros establecidos por los diseñadores. Para ello Habraken ha diseñado un sistema de componentes livianos que pueden ser manejados fácilmente y cambiados según surgen nuevas necesidades o recursos por parte de los usuarios. En el caso de Wampler, en su proyecto para realojar los residentes de La Perla, un notorio barrio popular pegado a la muralla de la ciudad colonial, propuso que los residentes trajeran sus materiales reciclados, producto del desmantelamiento de sus antiguas viviendas, para construir su propia unidad dentro del sistema establecido, mientras que Kroll deja a cada usuario la libertad de adquirir en el mercado sus propios componentes constructivos. Acá en Latinoamérica los trabajos de Fernando Salinas en Cuba,  Fruto Vivas en Venezuela, Fermín Estrella en México,  Joao Filgueiras en Brasil y el proyecto de Christopher Alexander y su grupo en Mexico,  entre otros combinan los sistemas de prefabricación liviana y progresiva  con sistemas artesanales facilitando un control mayor por parte de los usuarios de su entorno y su espacio vital. Al agilizar el proceso constructivo se posibilita la participación popular mediante la autoconstrucción, ampliándose los contenidos de la arquitectura.

Trabajar la arquitectura como un sistema abierto, capaz de ser retomado y transformado por los usuarios no debe tomarse como un desligamiento por parte de los diseñadores, un dejar a la gente por la libre para “que se resuelvan”. No se trata de un espacio aséptico y neutral, sino más bien de un entorno que su por su pluralidad de significados estimula la incorporación de otros. Para ello el diseñador debe desarrollar una relación con el lugar y la gente, conocerlo, trabajar desde adentro. Esto conlleva una buena dosis de investigación. Camina, observa, habla con la gente, documenta el lugar de muchas maneras (dibujo, videos, fotos, planos, maquetas- cada uno te dará una dimensión de lugar). Estas son tus herramientas básicas de investigación para definir el problema, definir tu sentido del lugar. Al hablar con los residentes y usuarios trata de captar su sentido de comunidad, su historia y la relación de esto con el espacio. Incorpora los saberes de la gente. Pero, advierto, vas a encontrar que hay veces cuando no es suficiente preguntar ¿qué pasa? o ¿qué tu crees? Provócalos. Confróntalos para que den otras miradas al lugar. Cuando vivimos en un lugar dejamos de ‘ver’ algunas cosas, se nos pasan desapercibidas, algunas las negamos cuando nos parecen irremediables o adversas. Para vencer esta limitación tomo fotos (mejor diapositivas) del lugar y las formas de actuación de la gente en éstos, no solo como documentación a la cual referirme durante la toma de decisiones sino para confrontarlos con su espacio. La foto como herramienta de investigación brinda la oportunidad de verse ‘desde afuera’ como observadores de si mismos. Al describir su espacio y su cotidianidad, partiendo de la imagen visual, la ‘descubren’, se hacen más conscientes de ella, la objetivan.

Esto nos devuelve a la propuesta inicial que el proceso de diseño participativo es un proceso educativo en donde tomamos conciencia de un lugar para transformarlo. Si la educación es dialéctica, entonces cabe preguntarse:

¿Cómo los profesionales compartimos nuestros saberes para establecer unas bases de conocimiento y entendimiento comunes con los usuarios?

En un proceso de diseño participativo que incorpore a los usuarios a la toma de decisiones, los temas deben estar claramente establecidos, la información debe ser puesta sobre la mesa. Cuando quisimos preparar un Plan de Desarrollo para la isla-municipio de Culebra, al este de Puerto Rico, encontramos que no era posible la participación en la toma de decisiones hasta que no sentáramos unas bases de información. Utilizamos las caricaturas para comunicar de una manera sencilla datos, propuestas y consideraciones. Presentadas en un formato grande pudieron ser discutidas en grupo. Luego pudimos hablar de alternativas y modelos de desarrollo, aplicando los conocimientos adquiridos a su experiencia. Cuando trabajamos con la comunidad Alto del Cabro para hacer un Plan de Revitalización y diseñar nueva vivienda mostramos ejemplos y visitamos otros proyectos, lo que nos permitió establecer referencias, estimular la discusión y generar ideas. Esto tiene el efecto de ampliar su marco de referencia y sacarlos del acondicionamiento de lo que ya conocen y de lo que les inculcan los medios. Esta información fue discutida en grupos pequeños con quienes posteriormente trabajamos diseños esquemáticos. Esta estrategia ha sido utilizada por otros arquitectos como Giancarlo De Carlo en su proyecto de vivienda para trabajadores de la planta de acero en Terni, Italia y otros que hemos mencionado.

¿ Qué es arquitectura participativa?

Es una arquitectura que establece un diálogo con la gente y sus prácticas sociales, con el entorno en que se desenvuelven. Por eso es una arquitectura de muchos significados, que te involucra, te hacer sentir parte de ella. Una arquitectura que toma al ser humano no como objeto, relegado al papel de espectador sino como sujeto, como actor. Por eso decimos que es una arquitectura de procesos, que se hace en la apropiación que hacen sus usuarios de ella, forjada en un ”... sistema de formas plurusignificativas, en constante transformación y adecuación al tiempo y a la vida” (Segre).  Hacer arquitectura participativa requiere del arquitecto una gran disposición para comunicarse, para establecer conecciones con el medio. No se puede aislar en la oficina o el despacho actuando como un demiurgo o dictador de formas y espacios impuestos coercitivamente. Requiere estar con la gente, participar de la vida, de los procesos de la sociedad en que le ha tocado vivir. Hace varios años una explosión en Río Piedras, cerca de la Universidad de Puerto Rico, dejó un saldo de sobre xx muertos. Impotentes ante la tragedia y el dolor con un grupo de estudiantes propusimos crear un memorial participativo, un lugar para ventilar el dolor.  La estructura de madera definía espacios y superficies proveyendo a los sufridos un lugar para recordar a los ausentes dejando huellas de sus identidades mientras conjuraban su dolor. El memorial fue solo una provocación. Se fue haciendo de las emociones expresadas por medio de fotos, flores, mensajes escritos en las paredes y en targetas postales, pinturas, cartas, pertenencias de los ausentes, dibujos y velas prendidas.

La práctica de la arquitectura participativa ha generado una gran diversidad de propuestas. Van desde la inmersión directa del arquitecto en la práctica social de las comunidades como base desde la cual diseñar, hasta la participación de los usuarios como manejadores del producto terminado.

Los proyectos de revitalización que hemos hecho con varios barrios en Puerto Rico abonan a la propuesta de que el diseño de ambientes puede y debe ser una experiencia participativa. Por medio de éstos pretendemos recuperarlos como unidad socioespacial y fortalecer su identidad y su función como soporte de la vida cotidiana. El barrio Alto del Cabro, ubicado en Santurce, a su vez un barrio de la capital, es como Melilla un asentamiento popular autoconstruido. Recuperar el barrio implica por un lado mejorar las condiciones de vida: su infraestructura sociespacial, la vivienda y su desarrollo económico y conlleva integrarlo a la vida social y funcional de la  ciudad. La intervención en el barrio incluyó la inclusión de nuevos espacios de producción económica, en apoyo a las distintas expresiones de la economía informal del barrio, espacios públicos multifuncionales, núcleo religioso-cultural, guardería infantil y centro para envejecientes. La nueva vivienda pretende incorporar elementos de la tradición arquitectónica local construida con elementos componentes seriados o artesanales y llevados a cabo en forma seriada por los pobladores. Aprovechando la ubicación céntrica y las vistas hacia la Laguna del Condado altamente valoradas en el mercado de bienes raíces, el proyecto incorpora en los solares baldíos hacia esta cara escénica, nueva vivienda que al ser vendida en el mercado privado genera recursos que serían  utilizados para el subsidio de viviendas para los residentes, haciendo el proyecto relativamente autosuficiente y dando un mayor control a la comunidad sobre su proceso de desarrollo.

Dijo Jorge Togneri, arquitecto argentino que: “La buena arquitectura, aquella que es relativa a lo posible según las realidades del lugar y las necesidades de las gentes, ha de tener en cuenta a las tres partes: la gente que vive y hace vivir sus espacios, los técnicos capaces de imaginar todos los matices de las soluciones espaciales posibles y los genios de cada sitio que conocen el arte de captar y sintetizar hasta la más pequeña partícula de la sensibilidad humana”. 

Hacer arquitectura participativa es una manera de concientizar sobre la influencia del espacio en nuestra vida cotidiana y capacitar para promover cambios. La arquitectura participativa devuelve a la gente un sentido de control sobre sus vidas. Es también una forma de hacer posible la justicia social. Vista desde esta óptica es también un práctica Política, en el sentido más amplio y no sectario. Cuando escribo esto pienso en doña Tomasa, una negra mandinga de uno de los barrios de mi país. Con sus ojos que escudriñan me dice que: entre la explanada vacía de la cancha de básquet, el espacio público controlado desde afuera y el sancocho criollo, metáfora del espacio vital apropiado por la ciudadanía y transformado para expresar sus cotidianidades, sus ritos y sus identidades, escoja sin duda alguna el sancocho.



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