Edwin R. Quiles Rodríguez
20 de octubre de 2001

Quiero expresar mi más profundo agradecimiento a la Junta de Gobierno del Colegio de Arquitectos y Arquitectos Paisajistas de Puerto Rico por este honor que me han conferido. Me siento privilegiado de formar parte de este grupo de arquitectos que alguna vez estuvieron aquí como yo frente a ustedes para aceptar este premio. Lo recibo con gran alegría y asumo ante ustedes la inmensa responsabilidad que esto conlleva. Cuando uno ama lo que hace es afortunado. Cuando eso que se hace con pasión te permite servir a otros eres un ser privilegiado. A mí la arquitectura me ha permitido ambas emociones.

Hace unos días el arquitecto Elio Martínez Joffre me invitó a visitar un barrio en los cerros de Naranjito. Además de mirar queríamos oir, que los residentes nos “contaran” su barrio: cómo lo viven y cómo lo han formado. Con fotos aéreas, libretas y lápices de colores en los bolsillos, los caminamos en toda su extensión buscando pistas, datos y marcas que nos ayudaran a conocerlo, a formar una imagen del lugar, o como diría Christian Norberg Schulz, descubrir el “genius loci”, el espíritu o duende del sitio.
En una de las primeras conversaciones, una señora, tan pronto supo quienes éramos, nos mencionó unos arquitectos “locos” que hace 40 años estuvieron allí. “Yo era niña”, dijo, “pero todavía me acuerdo de la fiesta que hicimos para limpiar, pintar y construir mosaicos”.

Más adelante en el recorrido Elio me señaló un muro, cubierto a modo de mosaico por lozas de cerámica que servía de verja a una casa de madera. Una estrategia arquitectónica que vimos repetirse en otras paredes, además de algunos pisos donde los retazos de cerámica formaban un bricolage.

Ya entrada la noche nos reunimos con la comunidad. El escenario de ese encuentro fue una explanada ganada al cerro, un espacio público repleto de vida. Una especie de anfiteatro y cancha. Un espacio vital contenido por la topografía escarpada, una escalera con descansos que se convierten en miradores, murales y muchas viviendas cuyos balcones miran hacia ese lugar que a mí me pareció mágico.

Terminada la reunión, un grupo de mujeres me contó que ese lugar había sido obra de los mismos arquitectos que 40 años antes pasaron por allí. Recordaban con admiración cómo habían convertido lo que era un basurero en el centro de la comunidad y cómo motivaron a la gente a involucrarse en el proyecto. No fue difícil, en ese momento, establecer las conexiones entre el trabajo de aquellos “locos”, las paredes de cerámica que vimos en el recorrido, el colorido de las casas y la intensidad con que los residentes apropian su espacio comunitario.

¿Por qué, en un país de memoria rota, como lo ha llamado Arcadio Díaz Quiñones,  después de cuatro décadas todavía la comunidad recuerda esa historia? Porque evidentemente fue significativa. Estos arquitectos no solo cambiaron las condiciones ambientales, sino que transformaron una comunidad y le mostraron otras formas de mirar su espacio y reconstruirlo. Detonaron procesos creativos, fueron educadores en el sentido más amplio de la palabra.

Esta experiencia me confirmó unos principios que han guiado mi trabajo por casi tres décadas y que voy a tratar de resumir esta noche.
Creo en el poder de la arquitectura para: transformar y hacer más humanos los lugares donde vivimos,
convocar a la ciudadanía para pensar y construir su ciudad,
mostrar otra manera de mirar,
ser instrumento de transformación social,
apoyar el desarrollo sustentable,
dignificar y respetar el otro o la otra,
apoyar la democracia y defender el derecho a una vivienda digna,
ser un proceso que se va consolidando a través de la apropiación que hacen de ella los usuarios,
educar y concienciar para que las comunidades asuman un mayor control sobre su entorno y al asi hacerlo se empoderen,
ser un detonador de procesos creativos,
mostrarnos nuestra capacidad para ser y sentir,
apoyar los rituales cotidianos, 
hacer posible que los seres humanos se identifiquen con un lugar y desde allí se sientan parte del mundo.

Por supuesto creo también que la arquitectura tiene que ser expresión de los más altos ideales de una colectividad, si no, no es arquitectura. Tiene que ser bella así como accesible. Esto no tiene nada que ver con el costo. Lo barato no tiene que ser pobre. La economía es un criterio de costo, la pobreza es falta de creatividad.

Lo anterior se resume muy bien en las siguientes palabras del Maestro Fernando Salinas: “hacer arquitectura no es solo edificar, es sobre todo mejorar la vida”.
POR TODO LO ANTERIOR SOY ARQUITECTO Mientras repensaba mi vocación por la arquitectura recordé muchos rostros:

Los niños del barrio puertorriqueño de Boston, ‘Barriada Morales’ y ‘Villa Sin Miedo’, cómplices y co-hacedores de mis primeros parques infantiles y murales para recuperar lugares en decadencia.

Las caras de mujeres y hombres reunidos en un batey en barrios como ‘Cerrote’, en la cordillera más lejana, discutiendo cómo mejorar su comunidad.

Una muchedumbre parada frente a un balcón en ‘Villa Cristiana’, ’Villa Cañona’, o frente a una casa fabricada del cartón de una urna electoral en ‘Pueblo Indio’ cuando apenas comenzaban a crear su comunidad y discutían donde ubicar las calles.

Reunidos en los bajos de la casa de Esther Bravo en ‘Alto del Cabro’ cuando planificamos la revitalización del barrio y de esa manera hacer realidad el lema “nos quedamos” y muchas otras de ‘Cantera’ analizando diapositivas, construyendo maquetas y trabajando propuestas de diseño.

Los parroquianos que se sintieron convidados a los talleres que improvisamos frente a un cafetín o colmado con una puerta y dos ‘burros’ como mesa de trabajo.

Los residentes que adiestramos para fabricar sus casas, cortando y armando las piezas prefabricadas de sus viviendas llenos de orgullo por su capacidad de trabajo.

Los rostros que imaginé y con quienes sentí empatía cuando escribí el libro San Juan tras la fachada.

Las caras de las mujeres de la comunidad ‘El Callejón de los Perros’ cuando después de presentar el proyecto que habíamos trabajado juntos dijeron: “gracias arquitecto”.

Los ojos de una joven de ‘Cantera’ que decidió ser arquitecta cuando comprendió que la arquitectura podía ser también comunitaria.

Recuerdo esos rostros, el brillo de ojos atentos, dispuestos a darle una oportunidad a la esperanza, dispuestos a confiar en ellos para cambiar sus condiciones de vida, y pienso que ha valido la pena.

El trabajo del arquitecto tal vez más que ninguna otra profesión depende de la participación de mucha otra gente. Mi trabajo se ha nutrido grandemente del encuentro, del apoyo solidario de gente diversa, colaboradores y personas que no solo me permitieron entrar a sus barrios y a sus casas sino a sus vidas para juntos elaborar estrategias que mejoraran las condiciones ambientales.

Quiero reconocer a:

  1. Maestros como Leslie Laskie y Karl Linn quienes me abrieron las puertas para descubrir el mundo más allá del mar;
  2. los trabajadores de la construcción que hicieron posible el convertir dibujos en edificios y cuyos nombres nunca aprendí;
  3. Amado Agosto, delineante, y los arquitectos William Santana y Efrén Badía quienes me enseñaron mucho de lo que sé sobre el oficio de la arquitectura;
  4. el arquitecto Elio Martínez Joffre por ser coautor del Taller de Diseño Comunitario y servirme de modelo como maestro. Gracias a su inteligencia y sabiduría este proyecto ha sido posible;
  5. Irmaris Santiago, Mildred Ortiz, Jennifer Lugo y Carlos Muñiz ayudantes de investigación y asistentes de cátedra y miembros de la generación del relevo, junto a muchos otros como Benjamín Santana;
  6. la doctora Liliana Cotto, socióloga urbana, mujer de inteligencia excepcional y ejemplo de la intelectual comprometida con la transformación de nuestro país;  Hilcia Montañez, educadora comunitaria y los arquitectos Anthony Sánchez, Bennet Díaz y Jorge Ortiz, quienes han estado presentes en los mejores momentos de mi práctica de diseño comunitario;
  7. mi familia, mi esposa Liliana y mis hijos Omar, Marla y César por el tiempo que me dispensan para el amor, la crítica y el apoyo solidario, el tiempo robado y la razón que me dan para vivir;
  8. los estudiantes y residentes de los barrios con quienes he trabajado, que me obligan a superarme;
  9. el personal de la Escuela de Arquitectura, especialmente Anita por su apoyo, dedicación y solidaridad.
Todos han sido mis maestros y a ellos debo muchos de mis momentos más sublimes y fascinantes.

POR TODOS ELLOS YO SOY ARQUITECTO Y también por otros arquitectos que me precedieron como José Lino Falú Zanzuela, primer arquitecto negro puertorriqueño y por ”locos” como el Equipo de Mejoramiento Ambiental de la Junta de Planificación, artífices del proyecto de los cerros de Naranjito, en especial a los arquitectos Néstor Acevedo, Gabriel Ferrer y Otto Reyes, a quienes expreso mi especial admiración.

Y por las tías, tíos y abuelas que desde temprano me enseñaron a descubrir la magia en las cosas y la pasión por la creación.

Y sobre todo por dos personas ESENCIALES a quienes dedico este premio:

A Rafael Quiles Santos, cartero ponceño que en el mismo suspiro en que entregaba cartas y piropos escudriñaba los barrios Bélgica y San Antón, asentamientos de rica tradición afroboricua y que de alguna manera me contagiaba con esas emociones. Con él aprendí el gusto por mirar esos espacios que se esconden detrás de la fachada y trabajar en ellos.

Y a Elsa Rodríguez Fernández, mujer también de inteligencia excepcional que me enseñó sobre  la necesidad de vivir en armonía con la naturaleza, el desarrollo sustentable y la posibilidad de ser arquitecto.

Señoras y señores de la Junta de Gobierno, ustedes no me han premiado solo a mí. También los han premiado a todos ellos y ellas. A nombre de nosotros: GRACIAS por el apoyo que este premio representa al trabajo que quiero hacer. A ustedes público, también gracias por estar aquí en este momento tan emocionante y por su paciencia.

5/19/2016 12:35:07

Reply



Leave a Reply.