Edwin R. Quiles Rodríguez

Pensar la ciudad posible y necesaria desde la crisis requiere una mezcla de análisis crítico e imaginación, unida a una mirada comprometida con las acciones colectivas, es decir, estar con un pié en la avenida y perderse con el otro en los callejones y procesos de la ciudad interior. Requiere estar en una actitud de diálogo continuo con las miradas alternativas y los proyectos de cambio, trabajar con respeto a la diversidad, la dignidad, al ambiente natural y edificado y actuar de manera creativa. Nos toca a los que viviendo, creando, pensando o apropiando lugares hacemos ciudad, poner el oído en tierra, estar atentos a los proyectos que surgen y cuajan desde la ciudadanía y que aunque todavía están a nivel individual y local, tienen la capacidad de repercutir en el desarrollo de proyectos a escala nacional  e inclusive planetaria. Solo así  podremos acompañar solidaria y profesionalmente a esta masa creadora que aspira a una ciudad más digna, vivible, accesible y participativa. La propuesta y el diseño, cuando surgen como parte de un proceso participativo, desde los espacios comunitarios, son herramientas de poder en la medida que propician y facilitan la inserción de los desaventajados en los espacios donde se toman decisiones y permiten a los subalternos tomar y poner en práctica sus propias decisiones e ideas y, ¿por qué no decirlo?, sus propios sueños.
 
Edwin R. Quiles Rodríguez
Conferencia Magistral Federación Panamericana de Arquitectos
Mestizajes, Culturas y Creaciones”
Guadalupe
6-11 de Diciembre de 2004

Hacer arquitectura en estos tiempos de transición, en ruta hacia un cambio que si bien necesario, todavía no definimos con precisión, me provoca una mezcla de sensaciones encontradas y confusas. Esta presentación es un poco una confesión, un compartir mis propios demonios, pero también mis duendes- esas criaturas de mi ciudad interior que provocan el deseo, y una terrible esperanza de que estamos en un momento privilegiado donde, muy a pesar de todos los signos y señales de pérdida (de modelos y utopías), estamos construyendo un mundo mejor. De eso no tengo duda, como tampoco tengo duda de que los arquitectos estamos llamados a participar  en la creación de esta nueva Ciudad que se está gestando. Una ciudad más habitable e inclusiva donde pueda florecer una economía, una política, una cultura y una cotidianidad diferentes. Esto, a pesar de la distancia cada vez más abismal entre la cultura arquitectónica y la cultura popular, entre los cánones arquitectónicos aceptados y las cotidianidades de la inmensa, mayoría de la población. A pesar de que el diseño no se percibe como una fuerza esencial en la construcción de esta nueva sociedad.
 
Edwin R. Quiles Rodríguez
20 de octubre de 2001

Quiero expresar mi más profundo agradecimiento a la Junta de Gobierno del Colegio de Arquitectos y Arquitectos Paisajistas de Puerto Rico por este honor que me han conferido. Me siento privilegiado de formar parte de este grupo de arquitectos que alguna vez estuvieron aquí como yo frente a ustedes para aceptar este premio. Lo recibo con gran alegría y asumo ante ustedes la inmensa responsabilidad que esto conlleva. Cuando uno ama lo que hace es afortunado. Cuando eso que se hace con pasión te permite servir a otros eres un ser privilegiado. A mí la arquitectura me ha permitido ambas emociones.

Hace unos días el arquitecto Elio Martínez Joffre me invitó a visitar un barrio en los cerros de Naranjito. Además de mirar queríamos oir, que los residentes nos “contaran” su barrio: cómo lo viven y cómo lo han formado. Con fotos aéreas, libretas y lápices de colores en los bolsillos, los caminamos en toda su extensión buscando pistas, datos y marcas que nos ayudaran a conocerlo, a formar una imagen del lugar, o como diría Christian Norberg Schulz, descubrir el “genius loci”, el espíritu o duende del sitio.
 
Conferencia Magistral de Inauguración                     
Conferencia Latinoamericana de Estudiantes de Arquitectura      
La Habana, Cuba
12 de octubre de 1999


Hace varios años la municipalidad de SJ me solicitó el diseño de una cancha de baloncesto para una esquina del barrio Melilla, un asentamiento popular. El proyecto parecía simple, cuestión de buscar los estándares y las medidas correctas, dibujar y construir. Pero, cuando de gente se trata las cosas nunca son tan sencillas como parecen a simple vista. Hay siempre otras dimensiones. ¿Para quienes era el proyecto?  ¿Donde estaba la gente de este barrio? ¿Qué papel desempeñaban en este proyecto? O, puesto de otra manera, ¿cual era el lugar de este espacio baldío en el imaginario de la comunidad, en su cotianidad? Y basado en lo anterior, ¿qué debía ser este proyecto para ellos?  Plano en mano me dirigí al barrio: una comunidad de gentes que por 50 años habían construido y habitado el sitio. Melilla fue construido por ellos mismos: migrantes de la ruralía que al llegar a la capital no tuvieron otra alternativa que ocupar los terrenos del tremedal a lo largo de un canal que cruza la ciudad y que se llama Martín Peña. Y, si bien todas las comunidades tienen su historia, esta fue para mi extraordinariamente interesante. Llegaban como ladrón en la noche con tablas desvencijadas, cartones y todo material rescatado de algún vertedero urbano, y con la misma madera del manglar hacían los postes que hundían en la marisma para levantar su casita como palafitos de la urbe industrial. Con el tiempo y con la fuerza del que no tiene más alternativas los terrenos se fueron estabilizando, las casas mejoraron y el barrio consolidó una comunidad.