Edwin R. Quiles Rodríguez
Conferencia Magistral Federación Panamericana de Arquitectos
Mestizajes, Culturas y Creaciones”
Guadalupe
6-11 de Diciembre de 2004

Hacer arquitectura en estos tiempos de transición, en ruta hacia un cambio que si bien necesario, todavía no definimos con precisión, me provoca una mezcla de sensaciones encontradas y confusas. Esta presentación es un poco una confesión, un compartir mis propios demonios, pero también mis duendes- esas criaturas de mi ciudad interior que provocan el deseo, y una terrible esperanza de que estamos en un momento privilegiado donde, muy a pesar de todos los signos y señales de pérdida (de modelos y utopías), estamos construyendo un mundo mejor. De eso no tengo duda, como tampoco tengo duda de que los arquitectos estamos llamados a participar  en la creación de esta nueva Ciudad que se está gestando. Una ciudad más habitable e inclusiva donde pueda florecer una economía, una política, una cultura y una cotidianidad diferentes. Esto, a pesar de la distancia cada vez más abismal entre la cultura arquitectónica y la cultura popular, entre los cánones arquitectónicos aceptados y las cotidianidades de la inmensa, mayoría de la población. A pesar de que el diseño no se percibe como una fuerza esencial en la construcción de esta nueva sociedad.
Arropado por la globalización neoliberal, nuestro mundo resulta insostenible. Casi tres mil millones de personas viven con menos de dos dólares al día, mil doscientos millones carecen de acceso a agua potable y dos mil cuatrocientos millones carecen de saneamiento y desagües cloacales, seres humanos obligados a vivir bajo condiciones cada vez más precarias y desiguales.  Una parte creciente de la población, incapaz de ser absorbida por el nuevo orden económico se convierte en excedente, gente que, a decir del escritor argentino Ernesto Sábato, ya no están ni siquiera abajo en la pirámide social sino afuera. Mientras, el 20% de la población, asociada a la gran burguesía transnacional se apropia del 83% de PBI mundial y los activos de los tres principales multimillonarios son superiores al PBI combinado de los países más subdesarrollados y sus seiscientos millones de habitantes (Borón). Según el World Bank en el año 2100, la población del globo alcanzará los 11 mil millones. De estos, 7 mil serán pobres (Segre).  En las ciudades, la llamada parte informal no goza de los mismos beneficios de la vida urbana como el acceso a infraestructura y servicios. Sus residentes viven bajo la amenaza continua del desalojo y no cualifican para financiamiento convencional, lo que dificulta el mejoramiento de sus viviendas y sus comunidades.

Si bien es cierto que las condiciones de desigualdad llevan a una pérdida de autonomía y de capacidad para decidir sobre sus vidas, no es menos cierto que cuando las condiciones de dificultad extrema amenazan la subsistencia, los seres humanos utilizamos nuestros recursos con más creatividad. Lejos de sumirse en la desesperanza y la aceptación de las condiciones desfavorables que les han sido impuestas, la humanidad en todos los rincones del planeta se encuentra en lucha franca para reinventar este mundo. La sociedad civil, como se ha venido a llamar esta muchedumbre llena de esperanza, está creando alternativas de gobierno y de gestión, de comunidad, programas de salud, economía, transportación, manejo del ambiente, producción agro-ecológica, alimentación, alojamiento, desarrollo social y maneras de hacer cultura. En fin, de construir un mundo más equitativo donde vivir, a partir de conceptos de solidaridad e inclusión y de utilizar las tecnologías de formas más humanas. No puedo dejar de consignar aquí la gran influencia de las culturas indígenas ancestrales que, basadas en el respeto hacia los seres vivientes, han ayudado a ver y reencontrar otras  maneras posibles de convivencia con la madre tierra, la pacha mama, y todas las manifestaciones de la vida. A nivel internacional, reconociendo que la desigualdad tiene una base económica, el llamado movimiento altermundista trabaja por una nueva regulación democrática del sistema financiero y comercial internacional y el perdón de la deuda externa de los países del Sur.

Todo lo anterior viene acompañado, no puede ser de otra manera, de nuevos espacios y nuevos usos para viejos espacios. Con y sin nosotros la gente está reinventando la Ciudad, creando lugares, construyendo sus propias estructuras desde donde incidir en las estructuras del poder. ¿Cómo podemos los arquitectos colaborar en esos procesos y ser parte de esos nuevos proyectos donde se está construyendo ese “otro mundo posible”? Estoy convencido de que en este momento de cambio los arquitectos y diseñadores ambientales tenemos la capacidad, y por eso mismo la responsabilidad, de dar forma a estas nuevas construcciones sociales, de representarlas adecuadamente. Esto, como acompañantes solidarios y como líderes. Para ello necesitamos un cambio de mirada, o como sugiere el urbanista en la novela Texaco del martiniquense Patrick Chamoiseau (Editorial Anagrama), un aprender de nuevo a leer para reinventar la ciudad, (Pp.277). Esto requiere unir fuerzas con otros profesionales como los científicos sociales, economistas, ambientalistas, entre otros y por supuesto con los ciudadanos y activistas.

¿Qué hacer? ¿Cómo hacer una arquitectura que respalde estas iniciativas y estas búsquedas? Esta práctica arquitectónica comunitaria, por necesidad contestataria, confronta las ideas convencionales sobre la función del profesional que se centra más en la valoración de los objetos y la forma, que en los procesos a través de los cuales la gente apropia y crea sus territorios.

   

Hace ya muchos años, cuando iniciaba mis primeros pasos como arquitecto, unos niños de ojos grandes, cara de asombro y tez morena de una comunidad puertorriqueña en Boston, me mostraron algunas de las  lecciones más importantes que ha dirigido mi práctica de arquitectura y diseño ambiental. Todavía recuerdo las miradas de sorpresa y suspicacia, atentos a la convocatoria del arquitecto para crear un lugar donde jugar en un terreno vacante, lleno de basura y escombros.

Privados por demasiado tiempo de un lugar con el cual identificarse, de apropiar su territorio cotidiano, de marcarlo con sus propios rituales de interacción e interlocución, los niños dudaron pero decidieron darle una oportunidad a la provocación. Para ellos el terreno vacante era una condición sobre la cual no tenían ninguna ingerencia. La propuesta suponía una confrontación entre lo inmediato y la posibilidad de cambio, entre la dejadez y el tomar la responsabilidad de reclamar un espacio en la comunidad. Al pensar en esto recordé el siguiente pasaje de Derek Walcott, en su libro La voz del crepúsculo, que pone en evidencia la complejidad de pensar cambiar las cosas si no se cambian las referencias ni se amplia el campo de las posibilidades:

“Habitantes de las colonias, partimos de esta debilidad palúdica: que jamás sería posible construir nada entre estas podridas casuchas, patios descalzos y guijarros; que al ser pobres teníamos ya el teatro de nuestras vidas”.  La voz del crepúsculo.Alianza Editorial. 1998

Caminamos por el solar, pasamos revista sobre los escombros distribuidos en el terreno: asientos de carros descartados, pedazos de postes del alumbrado, sogas, retazos de madera, un pedazo de escalera, dos pedazos de madera laminada, clavos herrumbrosos y varios neumáticos, además de neveras, estufas y otros enseres eléctricos. Más tarde, preparamos un modelo de cómo se podían juntar las piezas y nos dimos a la tarea de limpiar, recoger y construir una estructura para inventar juegos. Construí un armazón de madera y dejé que los propios niños desarrollaran el proyecto añadiendo las sogas, el asiento y neumático. Solo intervine para corregir posibles problemas de seguridad. Ciertamente la pieza no reunía los criterios establecidos por la Academia de lo que debe ser una obra de arquitectura. Para un observador el proyecto podía parecer extraño, hasta caótico, un elogio a la estética de la basura. Pero el proyecto iba más allá. Las lecciones más importantes que nos ofrece esta experiencia tienen que ver menos con la forma que con el contenido, más con la experiencia del proceso que con el producto final.

Mirando desde la distancia me preguntaba mientras escribía estas cuartillas: ¿qué significado tuvo para mí esta experiencia? Al ocupar el terreno, hasta ese momento vedado para ellos, y marcar la apropiación  los niños intentaron combatir el desarraigo y fortalecer su identidad. Al hacerlo transformaron su comunidad. Una parte importante de las ciudades se hace en el día a día, en las decisiones y acciones individuales y colectivas de quienes las habitan. A mí me pareció una buena metáfora sobre la extraordinaria capacidad de la arquitectura para:     mostrarnos una manera distinta de mirar y mirarnos,  convocarnos para asumir la ciudad y el entorno como autores, transformar las condiciones de vida, apoyar los rituales cotidianos, construir memoria, detonar procesos creativos y complementar la protesta con propuestas ambientales creativas.

Estos procesos no son totalmente espontáneos, le corresponde al arquitecto:

  • provocar a la gente para que tomen parte activa en la construcción de sus proyectos y se conviertan en autores de sus comunidades,
  • descubrir los hilos que tejen las decisiones mediante las cuales se construye la Ciudad para provocar la discusión crítica y hacer posible la preparación de propuestas a partir de las posibilidades, condiciones y capacidades de la población,
  • incorporar la dimensión espacial a las luchas sociales y económicas,                                                     
  • en síntesis, le corresponde al arquitecto ser un educador que muestra escenarios alternativos y al hacerlo amplía el campo de visión de la gente para influir en la toma de decisiones  para que de esa manera tomen un mayor control sobre sus comunidades y sus vidas.        
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

Presentación de Proyectos

Los trabajos que presentaré reflejan mi posicionamiento como arquitecto-diseñador ambiental y educador que pretende incidir en esas márgenes creativas y provocadoras, ser parte de la construcción de esa nueva sociedad. Representan temas que me apasionan como arquitecto en la práctica privada y como director del Taller de Diseño Comunitario de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico, donde comparto las responsabilidades con el arquitecto Elio Martínez Joffre. En el Taller los estudiantes trabajan con grupos de las comunidades que por su condición económica no pueden contratar los servicios de un arquitecto. Al acercarse a los problemas de diseño desde la perspectiva de la gente los estudiantes aprender a diseñar con mayor responsabilidad. Mientras aprenden educan.

Participar supone la disponibilidad de información sobre la cual tomar decisiones. Generalmente, las propuestas y la información sobre la cual se toman las decisiones están escritas utilizando códigos que son incomprensibles para la población general. Esta información debe ser decodificada, es decir interpretada. Solo a partir de ese nuevo conocimiento se puede generar un proceso de búsqueda y preparación de propuestas alternativas que respondan a las necesidades, posibilidades y expectativas de la gente. Para lo anterior hemos explorado el uso de medios de comunicación alternativos como las caricaturas y las tirillas cómicas. Las utilizamos para establecer una base de información desde la cual tomar decisiones sobre el desarrollo y para facilitar la discusión comunitaria de propuestas.

Para hacer su trabajo más efectivo el arquitecto comunitario necesita no solo comunicar conceptos e ideas de maneras creativas y  accesibles sino provocar a la gente para que cuenten sus historias, sus miradas y experiencias del lugar donde está interviniendo. La construcción de maquetas, comentar fotografías o relatos y escribir historias son algunas estrategias de diseño participativo que ayudan a mirar críticamente los lugares y proponer alternativas.

La convicción de que el desarrollo debe ser sustentable ha sido objeto de muchos de los trabajos alternativos que surgen de las comunidades. La utilización de tecnología de bajo consumo, fuentes de energía renovable, el desarrollo de proyectos económicos cooperativos, la experimentación con el diseño de viviendas y comunidades no tradicionales ni jerarquizadas que posibiliten la participación y apoderamiento de la gente, la integración de la espiritualidad a la vida comunitaria, el cuestionamiento de los patrones de consumo y la utilización ingeniosa de desechos en la construcción, entre otros, son propuestas que como ya he dicho se pueden beneficiar de la aportación de los arquitectos y diseñadores ambientales.  Esto, parafraseando al gran educador del siglo XX, Paolo Freire, no solo como educadores sino como educandos. El espacio puede facilitar, y limitar, procesos de cambio, así como también sirve para representar, otorgarle una dimensión simbólica. Es producto, así como mediador de procesos sociales.

A medida que los territorios ocupados por las comunidades populares son incorporados al mercado inmobiliario y se invierte  la relación valor de uso-valor de cambio, estos son reclamados para usos considerados  “más productivos”. Esta remoción de comunidades, ha sido combatida por la sociedad civil con éxitos y fracasos. No hay duda que la lucha contra los desalojos requiere la colaboración de muchos y la invención de estrategias creativas. Además de aportar nuestras capacidades para manejar creativamente el escenario de la protesta que es la calle, nos corresponde a nosotros también interpretar estas propuestas y guiar la discusión sobre sus efectos y trabajar propuestas con la propia comunidad. Al elaborar contrapropuestas que apoyen la protesta se capacitan para defender sus comunidades. Las propuestas se convierten en instrumentos que les facilita negociar desde una posición de poder. Al proveer alternativas, la arquitectura contestataria con base comunitaria es una práctica que apodera a las comunidades.

Nos corresponde a nosotros demostrar las falacias de algunos de los preceptos desde los que partimos para tomar decisiones sobre la ciudad. Por ejemplo, demostrar que los barrios populares, sin perder su personalidad ni sus elementos de identidad, se pueden revitalizar, se pueden incorporar como espacios útiles a las ciudades. Al diseñar en este contexto hemos propuesto;

·         incorporar actividades de servicio que a la vez de traer movimiento de gente hacia el barrio generen desarrollo económico, tales como talleres para los residentes (taller de costura, reparación de electrodomésticos y artesanos),

·         trabajar con la fachada urbana desarticulada y fragmentada traduciendo el vocabulario del barrio a un lenguaje arquitectónico contemporáneo,

·         densificar y aprovechar la ubicación y las vistas para desarrollar proyectos de vivienda que generen ingresos a la comunidad para hacer su proyecto autosustentable.

Hacer arquitectura en este contexto conlleva también aprender de las experiencias de la propia gente, el uso y manejo de materiales, la organización y usos de los espacios y territorios públicos, conocer las memorias y los significados del lugar. A partir de ese conocimiento podemos generar procesos de aprendizaje sobre organización  de espacios, usos de materiales y tecnologías alternativas. No se trata solamente de seguir los patrones establecidos por las propias comunidades sino de incorporar nuestros saberes para innovar y mostrar otras maneras de diseñar y construir.

La ciudad donde vivo y trabajo ha sufrido un proceso de deterioro causado por la falta de atención gubernamental, la destrucción para construir proyectos de infraestructura y el abandono de la propia población. ¿Cómo estimular a la ciudadanía para reapropiar sus territorios, ver las posibilidades de cambio y volver a identificarse con su ciudad? El proyecto Re-Crear Río Piedras convocó a los niños y jóvenes junto con estudiantes del primer año de la Escuela de Arquitectura para hacer una mirada crítica a la ciudad y sus espacios para pensar en las posibilidades de cambio. Por medio de talleres, caminatas y la documentación fotográfica y textual los participantes desarrollaron criterios para diseñar y construir instalaciones a través de la ciudad. Las obras de arte público, creadas a través de procesos participativos se convierten en señales del deseo de cambio. Son marcas que sirven para resignificar los espacios, expresar nuevas apropiaciones y rescatar territorios. Algunas de las obras fueron efímeras para llamar la atención sobre ausencias en la ciudad y para convocar a la reflexión sobre las condiciones que requieren atención. La última instalación fue una fiesta para celebrar la ciudad y presentar al público general las propuestas.

La construcción de alternativas genera resistencias individuales y en las instituciones del poder, sean comunitarias, gubernamentales, empresariales o profesionales. Permítanme un último relato para abundar sobre este asunto.  Hace varios años la municipalidad de San Juan me solicitó el diseño de una cancha de baloncesto para una esquina del barrio Melilla, un asentamiento popular urbano. El proyecto parecía simple: buscar los estándares y las medidas correctas, dibujar y construir. Pero, cuando de gente se trata las cosas nunca son tan sencillas como parecen a simple vista. Hay siempre otras dimensiones a considerar. Quería saber por ejemplo, ¿Para quienes era el proyecto?  ¿Donde estaba la gente de este barrio? ¿Qué papel desempeñaban en este proyecto? O, puesto de otra manera, ¿cual era el lugar de este espacio baldío en el imaginario de la comunidad, en su cotidianidad? Y basado en lo anterior, ¿qué debía ser este proyecto para ellos? 

Me dediqué por un tiempo a conocer el lugar y su función como lugar comunitario. No tardé en descubrir que lo que parecía un solar yermo, con alguna maleza y escombros de alguna casa venida a menos, era en realidad un espacio de usos múltiples compartido por una población diversa. Bajo la sombra de un quenepo (mamoncillo), sentados en cuatro cajones que una vez fueron el empaque de bacalao importado de la Nueva Escocia, y sobre un pedazo de tabla que apoyaban sobre las rodillas, algunos jugaban dominó. En otra ocasión, sobre esos mismos cajones y un asiento de algún auto ya descartado percusionistas de la vecindad hacían su toque de rumba brava, o como dirían allí su bembé. De pronto, como una validación de su apropiación y celebración del lugar, llegaron algunas viandas ó tubérculos, pedazos de carne de res, maíz y  un caldero con agua. Rápidamente y sobre un fogón improvisado comenzamos a cocinar un sancocho criollo, nuestro cocido nacional, el ajiaco. En esa rápida sucesión de eventos el lugar mostró sus caras, o, como diría Christian Norberg Schulz su genius ‘loci’ o espíritu del lugar.

Pero, todavía quedaba el problema de la cancha. ¿Cómo diseñar una cancha en lo que parecía ser el centro gravitacional de la comunidad? ¿Hacía falta? Era evidente que la experiencia del lugar no concordaba con el problema de diseño. La lectura ‘oficial’ no concordaba con la de los residentes y usuarios del espacio. ¿Por qué una cancha y no una plaza? Si bien ambos son espacios públicos, la cancha, por su naturaleza de espacio deportivo segrega, mientras que la plaza es un espacio polivalente que integra, une e incorpora distintas poblaciones. Para la municipalidad el lugar como estaba era un espacio tenebroso y desgarbado lleno de basura en donde se expresaban conductas desenfrenadas que escapan el control de las autoridades. Desde la perspectiva de la oficialidad el solar era un espacio perdido ocupado por transgresores. La cancha era una forma de ‘sanear’ el lugar según criterios tecnocráticos, cambiar los contenidos y establecer una nueva carga simbólica que neutralizara la ya adquirida. Era una forma de imponer usos, o desusos que permitiesen controlar las expresiones de los subalternos y borrar la memoria del lugar. El proyecto perdió toda la inocencia e ingenuidad que se le pretendió dar.No es ingenuo el estado que en su intención de controlar intenta borrar la memoria del lugar, ni el diseñador, que puede escoger entre la complicidad o aliarse con la gente y apoyar sus expresiones de la cotidianidad y sus procesos de convertirla en arquitectura. Cada práctica responde a una visión de comunidad, ciudad y sociedad. Para la municipalidad el proyecto se definía como un producto, un objeto espacial que resolviera una necesidad de espacio de ocio que fuera controlable y que limpiara el solar de “basura”. De ahí el manejo de la forma para manipular las expresiones culturales,  de ahí la idea de una explanada vacía.

Era evidente que la cancha no venía a resolver un problema de la comunidad sino de la municipalidad. Hubiese sido erróneo definir el problema solamente en términos de espacialidad. De haber hecho esto hubiéramos diseñado la cancha de básquet. Era necesario conocer el entorno social del que el espacio era parte. Solo así pudimos conocer el problema y sus bemoles. Al redefinir el proyecto la explanada se convirtió en un espacio plurifuncional y plurisignificativo, capaz de ser apropiado por los usuarios y capaz de transformarse en el proceso de usarse. Reconocimos que existía la necesidad por un espacio que siendo único y comunitario proveyera lugares adecuados para toda la población. Un lugar para los niños jugar, un lugar para la rumba y la expresión cadenciosa de los cuerpos en fuga sensual, bancos y mesas para la conversación casual, ‘pasar el tiempo’ y el juego de dominó y ¿por qué no? un canasto de básquet. La placita, que fue construida, es un lugar diverso hecho de espacios interconectados, un lugar de paso y punto de encuentro: un espacio que respeta la diversidad. Un espacio fluido, capaz de permitir distintas actuaciones y capaz de adecuarse a las necesidades cambiantes de la comunidad.

Hacer arquitectura en este momento donde muchas certezas están bajo sospecha es un gran  privilegio. Un momento en que  parafraseando al Maestro cubano Fernando Salinas, la gente se está transformando y al hacerlo están transformado la arquitectura. La respuesta nuestra, como ha advertido otras veces Roberto Segre, no puede restringirse a la búsqueda de una tipología arquitectónica sino, y parafraseando también a Jorge Enrique Hardoy, debemos esforzarnos en crear colectivamente ciudades en que la solidaridad, la confianza y la alegría se extiendan, basadas en la libertad, la igualdad y el diálogo.



Leave a Reply.